Otro viejo y otro mar

mar

Por Christian Acosta
@christian17879

Algún día todos nos damos cuenta que nuestras vidas son solamente un cúmulo de recuerdos. Recuerdos lejanos y desteñidos que representan nuestros mejores y peores momentos; recuerdos solitarios o compartidos que construyen nuestra historia, nuestra identidad. López, un viejo de ojos extraños que luchaba por mantener viva su memoria, hoy es solamente un lejano y borroso recuerdo en mi vida, pero su importancia ha forjado el camino que he atravesado hasta este momento, y ha marcado la meta a la que me dirijo.

 

 – Poe, ¿eh?, es el de La Metamorfosis, ¿no? – me preguntó el viejo.

Yo estaba leyendo El manuscrito de Poe, de Amelia Reynolds.

– No, el de La Metamorfosis es Kafka – contesté.

– Ah, claro. A veces me olvido de esas cosas, viste – me devolvió la mirada con una sonrisa.

– No hay problema – le dije, y continué leyendo.

 Esas fueron las primeras palabras que crucé con López.

 López era un hombre en apariencia viejo, de barba y pelo color ceniza, de manos fuertes y cuello robusto. Sus ojos tenían un particular color azul apagado y frío, casi violáceo, como los de Elizabeth Taylor. Todo su aspecto desprendía cierta esencia a melancolía y tristeza; parecía un hombre perdido, ausente, con las ideas de otro hombre metidas en la cabeza. Su expresión me recordaba a la cara de un boxeador cuando intenta levantarse después de recibir un golpe de knock-out, esforzando su cerebro al máximo para ponerse de pie sin lograr mover un pelo.

 Esa noche el viejo estaba sentado junto a la ventanilla en un ómnibus interdepartamental y yo, cansado, me senté a su lado. Como en cada uno de mis viajes saqué de mi mochila algún libro; en aquella ocasión fue El manuscrito de Poe, y comencé a leer con gran esfuerzo -cualquiera que haya tratado de leer durante un viaje nocturno en un interdepartamental sabrá de qué hablo-. Fue en algún momento del largo viaje cuando escuché la voz del viejo que creyendo que el autor de la novela era el mismísimo Poe, le atribuía erróneamente el antes mencionado texto de Kafka.

 – A mí La Metamorfosis me gustó mucho, pero en realidad no recuerdo demasiado, porque ya pasó mucho tiempo, viste…- después de unos segundos en los que su rostro pareció congelarse, siguió

– ¡La cucaracha!, ¡sí!, la cucaracha. Ahora me acuerdo, ja-ja. Es buenísimo – continuó.

– Sí, a mí también me gustó – le respondí y cerré el libro, enfocando mi cansada vista en aquellos grandes ojos violetas.

– ¿Te gusta leer? Te vi varias veces en el ómnibus leyendo libros. Ahora está todo el mundo con los celulares y los jueguitos, viste…-nueva pausa de varios segundos

– Antes yo leía mucho en el ómnibus, pero hace tiempo que no puedo leer tanto por la vista. Me gustaba mucho Poe, es de mis favoritos. ¿Leíste la Metamorfosis?

– Sí, leo bastante, y Poe me gusta – le dije, ignorando el repetido error–, pero este libro no es de Poe, es de Amelia Reynolds. Es sobre un supuesto manuscrito perdido de Poe y la investigación para encontrarlo –  miré el libro – y no es muy bueno – terminé. Ambos reímos.

– Ah, me parecía que nunca había escuchado sobre ese cuento, pero como últimamente me olvido de todo, viste…-otra vez, cara en blanco-.

 No me atreví a preguntarle por su falta de memoria, me parecía de muy mal gusto interrogar a un perfecto extraño acerca de sus pesares, pero había algo que me imponía, ante todo, la necesidad de continuar la conversación, así que seguí la charla.

 – No importa. Podés leer todo de nuevo y disfrutarlo como la primera vez – le dije sin pensar en la tontería que estaba diciendo.

– Sí. Puede ser, -segundos en pausa, rostro congelado- del que sí me acuerdo es de Borges. ¡Ah! ¡Borges!, ¡un genio! Incomprendido, pero genial. ¿Lo leíste? – me dijo con un renovado e iluminado rostro.

 Hasta aquel momento lo único que había leído de Borges era Fervor de Buenos Aires, y no me había parecido particularmente fantástico – puede que fuera demasiado joven para interpretar realmente el sentido de las palabras del maestro, por lo que me propuse volver a leerlo dentro de unos cuantos años, cuando la experiencia me permita disfrutar de los placeres que me negó el insensible paladar de la juventud-.

 – Algo leí, pero casi nada –  dije tímidamente.

– Mañana mismo tendrías que conseguir un libro de Borges. El Aleph, ese. Arrancá por lo mejor. Ahí vas a encontrar todo lo que podes buscar en un libro, pero te aviso, no es para leer en un ómnibus lleno de gente y tierra. Leelo tranquilo, ya vas a ver.

 Su voz, profunda y grave, me recordó a una voz que nunca había escuchado y que sin embargo conocía; me era familiar y a la vez tan ajena como algo puede serlo.

 – ¿Tan bueno es? – le retruqué.

– Mejor – me dijo.

 Al día siguiente no me tomé el habitual ómnibus de la tarde. En lugar de caminar directo a la parada fui hasta alguna librería de Tristán Narvaja y me compré una edición usada de El Aleph por pocas monedas. No acostumbraba a comprar libros nuevos, por lo que conocía el habitual estado de los usados, pero aquel en particular estaba en perfectas condiciones, lo que me alegró aún más que tener uno nuevo.

 «Leelo tranquilo», resonó en mi mente cuando saqué el libro de la mochila en el interdepartamental al que me había subido minutos después de la compra. «Tran-qui-lo», sonó como un eco. Guardé el libro y saqué otra vez El manuscrito de Poe para intentar leer durante el viaje, pero El Aleph me llamaba desde algún profundo rincón de la conciencia, y no podía eludir esa llamada.

Volví a sacar mi nuevo libro de la mochila y comencé a leer.

 Menos de una semana después había devorado cada una de sus letras. Fue la primera vez que experimenté esa extraña sensación que se encuentra a medio camino entre la ansiedad por consumir páginas y del placer que produce degustar cada frase, cada idea, con el suficiente detenimiento. Me encontré a menudo releyendo alguno de los cuentos, más que nada «La casa de Asterión», hasta memorizar la mayor parte del texto. El Aleph se transformó de pronto en una compañía cargada de significado y poesía infaltable en mi escritorio, y todo se lo debía a López, aquel hombre al que no había vuelto a ver.

Casi comenzaba a olvidar el cansado rostro de aquel viejo cuando… una tarde, a bordo del interdepartamental del turno vespertino, lo vi sentado en el fondo.

 Me acerqué lentamente, zigzagueando entre los pasajeros, y me senté a su lado. El hombre parecía distraído, y por más que me miró al menos dos veces no parecía reconocerme. Nuevamente mi cobardía me impedía hablarle, así que hice lo único que podía hacer en ese momento; me puse a leer.

Saqué de mi mochila otro libro de Borges, El libro de arena, excelente también de principio a fin. Apenas estuvo visible entre mis manos el viejo López me dijo:

 – ¿Y el Aleph?, ¿lo leíste? – esbozando una leve sonrisa.

Por algún motivo desconocido aquellas palabras me produjeron una interminable alegría.

– Sí, claro. Me cambió la manera de leer, y de escribir. Te lo tengo que agradecer, ¿Cómo es tu nombre?

– López. Juan Francisco López.

 El viaje completo – de más de una hora – pareció transcurrir en apenas unos minutos. Es que la conversación con el viejo López se transformó en algo mucho más simple y a la vez profundo de lo que podría haber imaginado; dos caudales chocando y volviendo a su cauce continuamente, una vida antigua y una nueva intercambiando piezas de un puzle más grande que la propia conciencia del momento, un diálogo inmenso compuesto de simples palabras.

El viejo recreó parte de su vida con frases tan justas y medidas que se me antojó una poesía. Había trabajado como cajero de banco y como conductor de taxi, pero, además de escribir, su verdadera profesión era el mar y la pesca.

 «Soy un pescador que perdió su barca y su mar», dijo. Había vivido en Buenos Aires y alguna temporada en Europa. Era viudo y tenía un hijo. «Por eso viajo al centro todos los días, para ver a mi nieta», me contó.

 – Sabés, yo te presenté a Borges a vos, pero a mí me lo presentó Ana, mi esposa. A ella le encantaba, incluso quería ponerle Jorge Luis a nuestro hijo, ¡en honor a Borges! Por supuesto que no la dejé, me gustaba más Sebastián. Ella tenía un cuento favorito, no recuerdo cual era… viste… ha pasado tanto tiempo -cara en blanco, otra vez-.

 – Ana – continuó el viejo- era hermosa. La conocí cuando tenía veinte años… parecía que se iba a llevar al mundo entero por delante. Al principio no me dio corte, pero a la larga empezamos a vernos más seguido, y en algún momento nos fuimos a París juntos. Creo que ahí terminamos de enamorarnos -pausa, pero no como las anteriores-

 Me dejó hace unos años, estaba muy enferma. Ana…-pausa abrupta, ojos perdidos, rostro congelado-.

Los ojos de López brillaron por un instante -aunque parezca una frase de películas, sí, brillaron- de una extraña manera; por unos segundos pareció mirar algo que no estaba allí, a Ana, quise creer.

 – Bueno, López, hay que guardar esos recuerdos y revivirlos de vez en cuando- Le dije al viejo intentando traerlo nuevamente al mundo de los vivos, aunque fue en vano.

Llegó mi parada y me despedí con un apretón de manos, aunque sentí aquel pequeño intercambio como algo mucho más grande, como un abrazo, como un sello eterno.

Pasaron meses hasta que volví a encontrar al viejo López nuevamente. De nuevo, fue a bordo de un interdepartamental.

 Aquella tarde subí al colectivo y lo primero que vi fue el rostro perdido de aquel hombre sin tiempo; miraba por la ventana como hipnotizado, ausente, ido. Me parecía estar viendo a un viajero del tiempo, a un cuerpo de otro momento y otro lugar colocado a la fuerza en el instante presente. Me acerqué.

 – López, ¿me recuerda?

Me miró y volvió la vista a la ventanilla.

– Claro que te recuerdo, Borges, ¿cómo estás? – dijo sin enfocar sus ojos en mí.

– Bien. Mejor ahora que sé que tendré buena compañía-. El viejo sonrió.

– Si no recuerdo mal, en esa mochila tuya ya debes traer buena compañía. Y si no me equivoco, debes haber leído el cuento que Borges le dedicó a Lovecraft, ¿no?

 Su memoria parecía recobrar toda su capacidad cuando hablaba de Borges y sus cuentos. Parecía como si los cimientos de su conciencia se hubiesen construido sobre libros y al alejarse de ellos todo comenzaba a tambalearse. Instantes de magia, pensaba yo cada vez que notaba la luz que invadía aquel rostro áspero.

 En cierto aspecto reconocí algo del propio Borges en aquel viejo; la pasión por lectura. Borges siempre dijo que su idea del paraíso era una especie de biblioteca, y es sabido que su refugio, pasión, vocación y genialidad estaba basada únicamente en el pensamiento literario y en su capacidad de relatar de la manera más salvaje y cruda algún tipo de realidad. López, por su parte, era un hombre que aparentemente no podía construir nada sino a través de los mismos textos por los que Borges vivía. Un paralelismo incompleto, inexistente y sin embargo tan palpable como nuestros propios cuerpos.

 – Sí, claro que lo leí. «There are more things». No puedo decir que es excelente, inclusive creo que el propio Borges se avergonzaba de aquel relato.

– Estudiaste también, veo.  Borges le dedicó el texto a Lovecraft, aunque lo criticaba argumentando que era un mal imitador de Poe. Igual no te mencioné ese relato por su calidad, sino porque es la puerta de entrada a un mundo mucho más grande, complejo, y de alguna manera sincero; el mundo de los mitos. -pausa, rostro en blanco. Parecía, durante esos momentos de abstracción, un guía intentando decidir si tomar el camino de la derecha o el de la izquierda frente a una encrucijada.

 Continuó, – creo que Borges hasta intentó imitar ciertos rasgos del norteamericano en el cuento, pero lo juzgo inimitable; se han cansado de intentar terminar la obra inconclusa de Lovecraft, y aunque algunas cosas quedaron medianamente bien, no llegan a la altura de su pluma.

 De pronto otro viaje terminado, otra despedida, y otra vez a mis libros.

 Al día siguiente visité otra librería y compré otro nuevo libro: «Los mitos de Cthulu», de H.P Lovecraft y otros.

 Si con Borges conocí una nueva forma de escribir, leer y pensar, con Lovecraft -y todo el círculo de autores relacionados- conocí un nuevo mundo.

 Así, con López como punto inicial llegó primero Borges y luego Lovecraft para seguir con Amrboise Bierce, Algernoon Blackwood, Arthur Machen, Erckman-Chatrian y August Derleth, entre otros. Todo un mundo -varios mundos, pensándolo bien- se abrió ante mi; interminables experiencias comenzaron a llegar a mi vida en forma de palabras, imágenes, historias y novelas, cada una mejor que la siguiente.

De pronto me encontré recorriendo librerías en busca de otros libros, y de otros autores; Horacio Quiroga, Doris Lessing, Henrich Harrer, Robin Hobb o José Fajardo son solo algunos de tantos.

 Gracias a López comencé a conocer -y reconocer- las diferentes zonas de la conciencia de hombres y mujeres geniales, y a visitar los palacios de marfil más exuberantes que la mente puede crear. Historias, personajes, mundos enteros, creados y recreados para y por mí. Interminables pensamientos, reflexiones y sentires se despertaron como un acto reflejo de mi personalidad, y en muy poco tiempo decidí que mi vida sería el papel, la pluma y la tinta.

 Busqué, casi inconsciente, el rostro del viejo López en innumerables tardes y noches para agradecerle su primer consejo: «leé a Borges». Sentí, casi como un reflejo del alma, cierta tristeza por la situación de aquel hombre que, en apariencia, recordaba sus vidas a través de las palabras de alguien más, de fotos ajenas y de historias lejanas. Busqué, hasta el hartazgo, pero no lo encontré.

 Y así olvidé al viejo López, o comencé a olvidarlo; me temo que es un proceso que no va a terminar nunca.

 Aún hoy, después de varios años sin verlo, a veces subo a un ómnibus y busco entre los rostros de fría piedra un par de ojos violetas que miran perdidos un horizonte invisible y pienso -o siento-; López debe estar caminando con Ana por alguna playa olvidada, buscando un mar y una barca, para navegar por las páginas de algún cuento perdido de Borges.

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